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El año 2026 encuentra a México como una de las sedes de la Copa Mundial de la FIFA. Como ocurre con frecuencia ante los grandes eventos internacionales, la ciudad se transforma y el gobierno aprovecha para proyectar una imagen de modernidad, eficiencia y orgullo nacional. El color morado invade el mobiliario urbano, aparecen ajolotes monumentales y las flores de cempasúchil decoran espacios públicos en pleno verano. Durante meses, calles cerradas, obras aceleradas y modificaciones en la infraestructura urbana anuncian la llegada del espectáculo. Sin embargo, muchas de estas transformaciones revelan rápidamente su carácter provisional. Algunas intervenciones son corregidas y sustituidas apenas instaladas ya que iban en contra del reglamento de tránsito; las nuevas decoraciones del metro conviven con los mismos problemas en el servicio; las obras apresuradas muestran pronto señales de desgaste. La ciudad no fue arreglada, fue maquillada.

Guy Debord escribió en La sociedad del espectáculo (1967) que las sociedades contemporáneas tienden a sustituir la experiencia vivida por su imagen. Los megaeventos deportivos constituyen una de las expresiones más visibles de este fenómeno: celebraciones capaces de condensar aspiraciones nacionales, afectos colectivos y estrategias de proyección internacional en una misma narrativa.

Pero el fútbol también es otra cosa. La emoción que despierta es auténtica. La euforia colectiva, los rituales compartidos y la apropiación festiva del espacio público no pueden reducirse únicamente a mecanismos de control o distracción. Como observó Octavio Paz en El laberinto de la soledad (1950), la fiesta representa un momento excepcional de apertura colectiva, una suspensión temporal de las rutinas y jerarquías de la vida cotidiana. Precisamente por ello resulta tan reveladora: porque en ella conviven simultáneamente celebración y conflicto, entusiasmo y descontento, memoria y olvido.

Jugamos como nunca… no es una exposición sobre fútbol. Es una exposición que utiliza al fútbol como un dispositivo para pensar las formas contemporáneas del espectáculo, la construcción de imaginarios colectivos y las tensiones entre realidad y representación que atraviesan la vida urbana.

Las obras de Ignasi Aballí, Irma Álvarez-Laviada, Ben Vautier, Jonathan Hernández, Jonathan Monk, Antoni Muntadas, Regina Silveira y Marco Treviño abordan estas cuestiones desde estrategias diversas: la acumulación, el desplazamiento, la apropiación, la ironía y la distorsión. Lejos de celebrar o condenar los acontecimientos que observan, las obras exploran aquello que suele permanecer fuera de cuadro: los vacíos, las contradicciones y las fisuras que emergen detrás de toda narrativa oficial.